martes, 20 de enero de 2009

Sex & the movies

Siguiendo con la sección cinematográfica semanal, y saltando ciertos problemas de salud de los que hablaré en detalle en otra ocasión, toca revisar dos películas con poco o nada en común, salvo un cierto desenfado a la hora de presentar a sus protagonistas en pelotas o, aún más prosaicamente, copulando. Y lo mejor de todo, ambas logran revelar a sus personajes a plenitud gracias a esas escenas.

Before the devil knows you're dead (*** 1/2)

Siempre me he sentido atraído hacia historias que analicen lo mal que le pueden salir a uno los planes mejor concebidos. En parte porque hay una punta de sadismo en ver los desastres que pueden ocurrirles a los protagonistas, en parte porque albergamos la esperanza de un deus ex machina que les arregle el panorama en el último minuto del partido, en parte porque nos gustan las cautionary tales donde los que quieren pasarse de vivos terminan pasándos de muertos (?). Y si estas historias involucran sexo, sacadas de vuelta, drogas, armas, muerte, grandes actuaciones y Marisa Tomei en topless (?), pues mucho mejor.

Andy (Philip Seymour Hoffman) es un ejecutivo de medio pelo con graves problemas de drogas, de contabilidad en la empresa en que labora, y en pleno enfriamiento global con su mujer, Gina (Marisa Tomei); la única vía de salida para todo parece ser mudarse para Río, donde los dos vivieron momentos inolvidables (o tal vez simplemente no rutinarios). Hank (Ethan Hawke), el hermano de Andy, crónicamente inseguro y en full Don Ramón mode a la hora de pagar la mensualidad a su ex esposa (Amy Ryan) y a su hija, ahoga su depresión en el alcohol e intenta desesperadamente cerrar sus deudas para poder escapar de esa vida... y él también quiere huir con Gina. Uno más uno es dos: ambos necesitan dinero, lo antes posible. Y cuando a Andy se le ocurre un plan muy simple para conseguir buen billete sin muertos ni heridos de por medio, asaltando la asegurada joyería de sus padres (Albert Finney y Rosemary Harris), Hank termina asociándose. Pero como ya se imaginan, nada saldrá como habían pensado.

La primera escena de la película es una sesión amatoria doggy style entre Andy y Gina donde él, mirándose al espejo, parece pasarla mucho mejor que ella, aunque ambos coincidan en la extraordinariedad del evento (o de la calidad del mismo), comparada con su quehacer cotidiano. Unos cuantos metros de celuloide más adelante, unas recriminaciones al respecto (del tipo en Río no eras así) confirmarán la veracidad de esa impresión. Y peor aún luego de ver a Hank y Gina conversando tranquilamente casualmente después de uno de sus encuentros clandestinos. En esas tres escenas donde la desnudez es el común denominador (minutaje total: no más de 10'), ya han quedado claros el carácter de los tres personajes y sus principales falencias. Y todo esto sin que se haya avanzado un paso en el plot de la cinta.

Esas pinceladas precisas las puede dar sólo un maestro, y Sidney Lumet a sus 84 años ya ha hecho méritos más que suficientes para ser considerado como tal. Lo curioso de todo esto es lo actual que termina siendo Before the devil knows you're dead, incluso más vigente y contemporánea y al día que muchas obras de jovencitos made in MTV. Hay de todo: sexo en la pantalla? check. Narrativa no lineal? check. Edición tarantinesca? check. Secundarios marginales? check. El guión ayuda bastante, pero la mano del director se ve por todos lados. Tal vez la peca que se le puede encontrar es el uso reiterado e innecesario de los saltos temporales a lo largo de la historia: luego del tercer o cuarto flashback el truco resulta tan novedoso ni atractivo.

Y aún así, son las actuaciones las que venden el producto mejor que nada, aunque me atrevería a decir que o bien el casting es uno de los más inspirados de la década, o Kelly Masterson había pensado exactamente en esos actores para su debut como guionista. Porque luego de la simple descripción de Andy y Hank, uno se da cuenta que Hoffman y Hawke corresponden perfectamente a ese identikit. Y ni qué decir del rostro perennemente desencajado y nervioso de Albert Finney, a veces simplemente sobrecogedor. Marisa Tomei, en un rol menor pero con discreto porcentaje de calateo (?), consigue hacer creíble y tridimensional a Gina, que de otra forma habría sido poco más de un expediente para enrevesar la trama.

En resumen, es un producto altamente recomendable, y las boobies constituyen la cereza sobre el pastel. Nunca mejor dicho.


Lust, caution (*** 1/2)

Extrañaba ver una película ambientada en la China ocupada por Japón antes y durante la WW2. Luego del one-two punch de The last emperor y Empire of the sun, en las últimas dos décadas no habíamos tenido grandes películas que se desarrollaran en ese espacio-tiempo. Cuando me enteré que Ang Lee ponía una pieza más en el incomprensible puzzle de su filmografía (encuentren rasgos comunes entre Sense and sensibility, The ice storm, Crouching tiger hidden dragon, Hulk y Brokeback Mountain... y no valen explicaciones freudianas!), armando un drama erótico de época entre Shanghai y Hong Kong en los '40s. Count me in!

Wang (Wei Tang) es una joven estudiante que termina involucrada en una improvisada pandilla de la resistencia anti japonesa, en gran parte por su atracción por un colega politizado, Kuang (Lee-Hom Wang). La primera víctima de su lucha es individuada en Yee (Tony Leung), un colaboracionista al cual tienen acceso a través de su personal de seguridad. Wang finge ser la esposa de un exportador de éxito llamado Mak (Johnson Yuen), e ingresa sin mayor esfuerzo en el círculo social (y té de tías adjunto) de Yee, logrando atraer inmediatamente la atención del impasible funcionario. Pero cuando la sangre parece a punto de llegar al río, Yee se manda mudar y la operación queda cancelada, la banda desbandada, Wang vuelve a ser Wang... hasta que unos años después las circunstancias la obligan a regresar sobre sus pasos, hasta convertirse en la amante (y posible asesina) de un Yee cada vez más aliado de los invasores.

A lo que íbamos: sí, las escenas de sexo son realmente escandalosas, por lo menos para el nivel de erotismo acostumbrado en una pantalla grande agobiada por la censura; he visto softcore mucho más recatado de lo que muestra Lee. Es más, me aúno a quienes sospechan que algo ahí no cuadra con los parámetros de la ficción, la actuación, la simulación. Para decirlo à la créole, Mr. Leung se la ha pasado cañón (?) y ha metido sus buenos golazos (??), y que no me vengan después con que ser actor es un trabajo sufrido, porque, las cosas hay que decirlas como son, Ms. Tang es todo un bombón, y de esos súper flexibles, para más inri. Bien ahí (?).

Lo que nadie en el populorum destaca (asumiendo que dicho populorum tenga idea de la existencia de esta película, lo cual dudo) es que, más allá de los sudores y los humores vertidos en esas escenas, hay un desarrollo de personajes efectivo como nunca, sin que se requieran palabras ni grandes gestos: basta un catre y algunas toneladas de hormonas. Porque los dos amantes apenas si intercambian miradas en su vida diaria, restringida por los parámetros familiares y funcionales de Yee, pero entre las sábanas su relación sale a la luz de forma perfectamente lograda. Y todos los arrumacos, revolcones, toma y daca (?), tuya mía (??), pa' tí pa' mí (???) al final reemplazan páginas y páginas de eventuales diálogos hipersacarosos. No es casualidad que cuando estos dos empiezan a encariñarse... a todos les resulta bastante evidente que se acerca la catástrofe.

Ang Lee, a estas alturas de la vida, no tiene ya que demostrarle nada a nadie, así que me parece genial que siga con su zigzagueante camino a través de géneros, épocas, países, estilos, censuras. El hombre sabe como contar una historia, punto y a parte. Tony Leung, por su parte, me sorprende en cada película en que lo veo. Para los que no lo ubican, era el equivalente de Leonardo di Caprio en Infernal Affairs (remakeada por Scorsese en The departed) y el maestro espadachín reflexivo y casi zen en Hero: nada haría pensar en que lograría meterse tanto en la piel de un despiadado (y medio sexópata) traidor de su patria, con todas las contradicciones imaginables en un personaje así. Pero la que se lleva el premio mayor es la ostracizada Wei Tang, boicoteada en patria por la impávida exhibición de sus encantos y retuerzos; pero hay mucho más detrás de eso. Revisen, en particular, su actuación en la obra de teatro al principio de la película, y sobre todo las interminables partidas de mahjong con la esposa de Yee (Joan Chen) y sus amigas. Esta chica tiene futuro y tiene mi voto.

Me parece que lo único que le faltó a Lee fue comprimir un poco la historia, porque la duración que tiene es, por decirlo de alguna forma, poderosa (157 minutos). Hay partes que con una edición un poco más estricta habrían subrayado mejor el impacto de los puntos realmente importantes, incluyendo, por supuesto, toda las proezas amatorias de los protagonistas... Pero Lust, caution tiene méritos de sobra para ganarse la paciencia del espectador. Y a los que no les basta, fast forward hasta que empiece el festín...


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