viernes, 30 de marzo de 2007

Los secretos de la Antártida - III

Es difícil imaginar a seres humanos culturalmente avanzados en la Antártida, mientras cultivan trigo, trabajan metales, escriben libros, debaten, estudian, construyen enormes monumentos, naves, armas, escrutan el cielo y sus constelaciones. Sin embargo, es probable que haya sucedido.

En la primera parte de esta trilogía de posts seguíamos la teoría del desplazamiento de los polos y de la costra terrestre para concluir que, posiblemente, la Antártida se encontró libre de hielos y en una latitud de clima temperado en los mismos milenios en que gran parte del hemisferio norte se encontraba dominado por la última glaciación. En la segunda entrega, enumeramos una serie de hallazgos arqueológicos y astronómicos que apuntan hacia fechas similares para el inicio del desarrollo cultural humano, para la construcción de la Esfinge, para la planificación y parcial edificación de grandes complejos monumentales alrededor del mundo y para la supuestamente mítica destrucción de la Atlántida. En sus últimos párrafos se prometía la explicación de por qué ambas cosas pueden estar relacionadas, y por qué es posible que el continente perdido sea la Antártida. De eso trata este tercer y penúltimo artículo.

1. Clima: si Hapgood tiene razón, entre el 70 mil y el 8 mil a.C., es decir durante la última glaciación, la Antártida, en gran parte, se encontraba libre de hielos y a latitudes correspondientes a clima temperado. Es decir, tuvo 60 mil años en los que sus condiciones intrínsecas eran las mismas que, en menos de doce mil, nos han llevado del Neolítico a la era nuclear, y a poblar todo el planeta.

2. Orografía: los estudios prospécticos y por satélite han demostrado (ver esta imagen) que, debajo de kilómetros de hielo, se vislumbra algo muy similar a los continentes que conocemos. Teniendo en cuenta el margen de sumergimiento causado por el peso de los glaciares, que haría elevar el terreno por algunos cientos de metros de altura, lo que se obtendría serían cordilleras de mediana altitud, ríos de buen recorrido, grandes valles pluviales, algunos de los cuales con amplios deltas. Suena conocido? Egipto, Mesopotamia?

3. Posición geográfica: cuando se dice que está más allá de las Columnas de Hércules, parece evidente que se descarta la zona del Mediterráneo y yo diría también que de los océanos Índico (la salida lógica desde el Egipto era por el Mar Rojo) y Pacífico (para llegar es necesario pasar el Índico o cruzar América). Pero la Antártida es accesible desde Gibraltar... y está ahí, a la vista.

4. Tamaño: Asia, para los griegos y egipcios, era la península anatólica, el Medio oriente y Arabia; Libia, el Maghreb. Si se suman las dos áreas, se obtiene algo muy parecido al área continental de la Antártida continental, libre de hielos.

5. "tierra rodeada por mar, rodeada por tierra": me limito a derivarles a la página de Flem-Ath. La explicación a este punto y los dos anteriores es clarísimo, especialmente en estas ilustraciones. Vista desde el polo sur, la Antártida está rodeada por un solo gran océano, a su vez enclaustrado, en el extremo norte, por la casi continua masa de tierra que va desde Noruega hasta Islandia, pasando por Siberia, Alaska, Canadá y Groenlandia.

6. Tiempo: como se dijo en el punto 1, la Antártida se encontró libre de hielos cuando las zonas donde hace 12 mil años se desarrolló la revolución neolítica no tenían las características mínimas para avanzar, que en cambio en el continente perdido perduraron por más de 6o mil años.

7. Evolución: el hombre de Cro Magnon apareció en el viejo mundo aproximadamente hace 40 mil años, suplantando poco a poco a los hombres de Neanderthal. Curiosamente, según los estudios de ADN comparativo, el Cro Magnon (de estatura promedio de 1,85 m) no desciende del Neanderthal (1,65 m), sino directamente del Homo Sapiens; pero éste último es a su vez mucho más atrasado que ambos, tanto en proporciones como volumen cerebral. Es decir, el Cro Magnon apareció saltándose un escalón evolutivo, un estado simil neandarthaliano por el que nunca pasó... o almenos cuyos restos no tenemos. Es posible que la migración obligada de Homo Sapiens al llegar la glaciación en el hemisferio norte haya llevado algunos grupos hacia la Antártida-Atlántida, donde evolucionaron en más o menos 40 mil años hasta convertirse en el Cro Magnon que conocemos? Luego, las características climáticas favorables habrían permitido que los que se quedaron en la Antártida pudieran tener una cultura más avanzada que la de los que emigraron hacia el norte; considerando que éstos mismos suponían un tal avance respecto a los demás pobladores, que los llevaron a la extinción. Si en condiciones adversas tenían semejante ventaja, quién sabe cual sería su desarrollo en situaciones favorables...

8. Existencia de una civilización perdida: hay demasiados indicios que apuntan a que hubo efectivamente una civilización precedente a las demás, que influyó en éstas significativamente, como testimonian muchos aspectos comunes. Arquitectura, astronomía, mitos... demasiadas coincidencias, a demasiada distancia. Salvo que esa civilización fuera muy hábil en la navegación oceánica... algo obligatorio si se vive en un continente pequeño, culturalmente avanzado y rodeado por las aguas. Además, a favor de esta última afirmación, existen algunos factores adicionales, que detallo en los puntos 9 y 10.

9. Los mapas: Hapgood, Flem-Ath, Hancock, todos han subrayado la importancia crucial de muchos mapas a los que nadie encuentra una explicación. El mapa de Kircher (1670), que presenta una Atlántida situada entre África y América (considérese que en lugar de Europa, la masa de tierra al lado de África sea Madagascar), muy similar a la imagen de la Antártida libre de hielos; el de Piri Reis (1513) donde se detalla la costa atlántica de Sudamérica (antes de ser explorada) y de la Antártida, con cordilleras, ríos, valles; el de Buache (1737), previo a la exploración de sus costas, donde nuevamente se tiene una imagen similar a la obtenida modernamente, eliminando los hielos perennes; el de Fineus (1531), donde el continente se nota casi totalmente cubierto de hielo, pero con algunas notables diferencias (especialmente en la península antártica, como se nota en esta ilustración) que podrían significar que representaba un estado intermedio en la glaciación.

10. Los portolanos: en esta página, donde se reseña uno de los libros de Hapgood, se trae a colación un tema importante. Gran parte de los mapas "oficiales" empleados en el mundo occidental fueron continuas adaptaciones de un mismo original, el mapa de Tolomeo, revisados en función de nuevos descubrimientos, pero con graves problemas en lo que respecta a las longitudes, debido a la falta de instrumentos confiables para medirla: para entendernos, Vespucci, costeando Venezuela, calculó estar a la longitud a la que ahora se encuentra Santa Bárbara, California. Además, cuando Tolomeo realizó su mapa, empleó el tamaño de la circunferencia de la Tierra calculado por Eratóstenes, sin saber que los cálculos de éste último estaban sobreestimados, lo cual generó una diferencia relativa de casi 4° y medio en exceso de extremo a extremo y la consiguiente deformación de los mapas. Ahora bien, todos los mapas basados en Tolomeo tienen ese error. Sin embargo, se ha descubierto que, paralelamente, había un conjunto de mapas utilizados por marinos, mucho más precisos, y sin el error de Eratóstenes y Tolomeo: los portolanos. Eso significa que tenían una medida más exacta de la circunferencia terrestre, que sabían medir la longitud de manera muy eficiente, y que habían navegado por zonas oficialmente inexploradas. La diferencia de calidad es enorme: en esta imagen se compara el mapa de Tolomeo con el de Piri Reis. Y eso no es todo: los portolanos no presentan mejoras a lo largo del tiempo, por la simple razón que no necesitaron ser mejorados. La fuente de la que se originaron era lo suficientemente correcta para no ser retocada. De dónde provino ese original?

Yo sólo encuentro una explicación posible. Y por lo visto, tendré que explicarla en el siguiente y último capítulo.

jueves, 29 de marzo de 2007

Los secretos de la Antártida - II

En su obra maestra En las montañas de la locura, H.P. Lovecraft imagina enormes ruinas sepultadas bajo los hielos de la Antártida, ocupadas por monstruos de épocas inimaginables; sin ir más lejos, en la horrenda película Alien vs Predator otro grupo de incautos exploradores terminaban encontrando los restos de una ciudad construida por extraterrestres en una isla polar. Suena extraño? Un poco loco? Yo creo que no.

Por todo lo expuesto en la primera parte, y siguiendo las teorías de Hapgood y Flem-Ath, resulta natural pensar que no hay razones para objetar la presencia humana en la Antártida, cuando ésta se encontraba al menos en parte libre de hielos. La lógica objeción es que esta posibilidad se cerró entre el 10 000 y el 8 000 a.C., cuando se gestó la glaciación que ahora domina esas latitudes, un tiempo en el que el hombre, en el resto del mundo, apenas comenzaba a salir del Paleolítico; aunque sería mejor especificar que los cambios climatológicos generados por la regresión de los hielos en las zonas templadas del hemisferio norte llevaron a los grupos humanos de aquellos territorios a un salto tecnológico y cultural sin precedentes.

Muchos autores más o menos fantasiosos han dedicado miles de páginas a agregar un factor externo y extraterrestre a ese salto abrupto en la evolución humana; personalmente, en lo que respecta a la vida en otros planetas y su eventual influencia sobre nosotros, me considero agnóstico. Pero a mí también me resulta casi incomprensible esa cortísima transición de nuestros antepasados, de cavernícolas a agricultores, de nómadas a sedentarios, y no me suena nada raro que una mano externa haya dado un pequeño empujón. Más aún si se consideran una serie de datos extrañísimos, traídos a la luz en los últimos años por una serie de estudiosos, entre los cuales sobresale Graham Hancock.

Por ejemplo, se ha probado en base a estudios geológicos que la Esfinge de Gizeh presenta señales de erosión compatibles sólo con la exposición a lluvias torrenciales por períodos extensos, algo imposible en Egipto... sólo aparentemente, porque sí hubo una época en que lo que ahora conocemos como desierto del Sahara rebosaba de verdor y, como es fácil intuir, corresponde a las fechas indicadas antes.

Por otra parte, cualquier observador nota que la cabeza de la escultura, con su inequivocable tocado farónico, se encuentra extrañamente desproporcionada respecto al resto del cuerpo; es casi una certeza que esto se debe a que fue esculpida sobre el rostro original, anterior y probablemente muy erosionado, y que muy probablemente era el de un león, tal como muchos textos egipcios antiguos parecen indicar. Ahora bien, esta figura felina apunta exactamente hacia el este, hacia el punto en que el Sol surge en el equinoccio de primavera, el día en que, para los antiguos, iniciaba un nuevo año tras las penurias invernales; pero lo extraño es que hubo una época en que ese horizonte era aún más significativo, porque el astro rey aparecía precisamente sobre el fondo de la constelación de Leo, o el León. Sí, aunque usted no lo crea: alrededor del 10 000 a.C. los ojos leoninos de la Esfinge miraban directamente a su contraparte celeste el primer día del año.

Hay más. Hancock y Robert Bauval han probado fehacientemente que las Pirámides de Gizeh nunca fueron usadas como tumbas, algo que se sospechaba hace décadas. Por tal motivo, las cámaras del Rey y de la Reina no corresponden a su denominación, y mucho menos los "conductos de ventilación" que salen de ellas, hacia el exterior... básicamente, porque para ser conductos de ventilación, deberían como mínimo hacer justamente eso, llegar al exterior: mientras que se detienen a una cierta distancia de la superficie de la pirámide, cerrados por bloques de piedra maciza. Lo que observaron Hancock y Bauval fue que estos conductos apuntaban directamente al cielo y a estrellas y constelaciones importantes como Sirio, la Osa Mayor, el cinturón de Orión... pero como estaban alineadas hace doce mil años.

No es todo: las pirámides representan perfectamente a las tres estrellas del cinturón de Orión, tal como se veían en el cielo egipcio en esos tiempos. Más aún, otros monumentos similares (las pirámides roja y encorvada de Dahshur, las de Meidum, las de Zawyet el-Aryan, las de Abu Rawash) completan a la perfección la imagen de toda la constelación de Orión y de algunas estrellas de la constelación de Tauro; en particular, no es de extrañar que la singular pirámide roja de Dahshur, la única construida con piedra de ese color, corresponda a Aldebarán, una gigante roja de enorme magnitud, cuyo color es perfectamente visible desde la Tierra...

A estas alturas, estarán pensando que estamos a las antípodas de lo que prometía el post, hablando del desierto alrededor de El Cairo en lugar de los hielos polares de la Antártida. Pero hay un camino que nos llevará de regreso a eso; primero, hay unos puntos más que son dignos de nota, en rincones opuestos del mundo.

Angkor Wat, Camboya. Imponente complejo arqueológico compuesto por decenas de templos y canales, una inmensa ciudad en el medio de la selva. La disposición de sus monumentos arquitectónicos es una imagen perfecta de la constelación del Dragón, que surgía sobre esa ciudad el día del equinoccio de primavera del milenio XI a.C. Es notoria la presencia de esa figura mítica en las leyendas del Sudeste asiático.

Tiwanaku, frontera entre Perú y Bolivia. El Kalasasaya, uno de sus recintos sagrados, tiene una serie de peculiaridades en su interior, desde esculturas de hombres barbudos, evidentemente no andinos, hasta sistemas acústicos que permiten oír conversaciones distantes a través de las paredes de piedra; pero lo más interesante es su muro oriental, a través de la cual se accede al recinto, superando una pequeña escalinata. Pues bien, en los equinoccios de primavera y otoño el sol surge exactamente por la puerta, haciendo que el primer rayo de luz del alba descienda plácidamente por las gradas, mientras que en los solsticios lo hace de manera precisa en los dos extremos del mismo muro. Pero lo mejor está aún por venir: la ciudad se encuentra actualmente a casi 15 km del Lago Titicaca y sin embargo, en su periferia, presenta estructuras inequivocablemente portuarias y adaptas al atraque de embarcaciones. Lo que se ha comprobado hace décadas es que la pendiente del lago y su amplitud se han modificado a lo largo de los milenios. Demás está decir en qué época el agua tocaba esos puntos de amarre. 10 000 a.C.

La presencia de rasgos comunes (pirámides, referencias astronómicas, mitos y esculturas de hombres barbudos civilizadores que vienen del mar, leyendas de la desaparición de un continente en medio al océano) en decenas o centenas de culturas alrededor del mundo, entre las cuales las citadas, ha llevado a pensar a que esa ayuda externa dada al hombre provino de un continente que, por motivos más o menos misteriosos, había logrado situarse cultural y tecnológicamente miles de años por delante del resto del mundo, antes de desaparecer entre las olas: la Atlántida. Los barbudos que llegan del mar con su cargo de sabiduría y realizan proyectos grandiosos, implantan leyes y orden, generan el desarrollo de los pueblos visitados, no serían más que los supervivientes a esa catástrofe.

Platón, en su diálogo Critias, indica indirectamente la fecha en la que eso sucedió. Según él, fue 9 mil años antes de Solón, famoso legislador ateniense que visitó Egipto alrededor del 530 a.C.; durante ese viaje los sacerdotes locales le contaron de ese continente perdido, situado más allá de las Columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), grande como Libia y Asia juntas (el Maghreb y Turquía y Medio oriente), completamente rodeado por un mar que a su vez estaba rodeado por tierra. Si sumamos los años indicados, tenemos que la Atlántida desapareció alrededor del 9 500 a.C. Es una coincidencia?

La historiografía tradicional, que mantiene una idea de evolución cultural estrictamente lineal, no admite la existencia de civilizaciones avanzadas en esas fechas, de manera que repliega sobre supuestos desconcertantes. Por ejemplo, que los sacerdotes egipcios hubieran agregado un cero a los años transcurridos desde la catástrofe, pasando de 9 000 a 900; que la referencia a las Columnas de Hércules era un error, y se refería a que se encontraba lejos de Egipto; que el tamaño indicado era una exageración. Con estas ligeras modificaciones, todo (o casi) cuadra para indicar que la Atlántida era en realidad la civilización cretense, destruida alrededor del 1 600 a.C. por la explosión del volcán de la isla de Thera, hoy Santorini.

Semejantes majaderías, tan manipuladas y sin sustento sólido, al igual que otras ideas despachadas como verdades absolutas al público (por ejemplo, que las pirámides eran tumbas, por tener en su interior un contenedor paralelepípedo vaciado: por lo que concluiríamos que todos los baños con una tina o los jardines con piscinas rectangulares son tumbas), han llevado a muchos investigadores a avanzar hipótesis sobre la real ubicación de Atlántida. El Mediterráneo, la dorsal atlántica, Yucatán, Cuba, Gran Bretaña, Andalucía, Mauritania, el Sinaí, el Altiplano andino, Indonesia, son sólo algunos de los lugares indicados.

Pero hay una teoría sorprendente, que es la que me convence de manera más poderosa, y que sigue las ideas de Hapgood y Flem-Ath. Claro, ahora sí se entiende por qué todo lo hablado tiene algo que ver con este post. Creo que la Atlántida, ese continente perdido, imposible de encontrar, en realidad está delante a nuestros ojos cada vez que abrimos un atlas o revisamos un planisferio.

Es la Antártida.

Las pruebas y la explicación, en el siguiente capítulo.


miércoles, 28 de marzo de 2007

Los secretos de la Antártida - I

En el post sobre el 2012 hice alguna referencia marginal a la posibilidad de un cambio en la inclinación del eje de la Tierra y la sucesiva desaparición de los glaciares polares. Por loca que parezca, esta teoría tiene varias décadas de presencia en el debate científico, y cuenta entre sus admiradores más respetables a nada menos que Albert Einstein. Por lo tanto, no debería ser despreciada encogiendo los hombros como si fuera una tontería más... especialmente porque hay algunas pruebas a su favor.

Charles Hapgood tuvo la idea a finales de los años '50, basándose en evidencias geológicas que apuntaban a que el polo magnético de la Tierra se había trasladado a lo largo del tiempo, a veces cubriendo enormes distancias en lapsos reducidos. La conclusión que extrajo Hapgood fue que la costra terrestre (sólida) tiene la capacidad de moverse de manera compacta sobre el manto (líquido), similarmente a una imaginaria cáscara de naranja que se encuentre separada de la pulpa, pudiendo desplazarse alrededor de ella en un solo bloque. Es necesario indicar que esto no va en contra de la tectónica de placas, en cuanto estas últimas se moverían a su vez libremente sobre el sustrato semisólido de la costra (o manto superior); pero la costra en su totalidad se comportaría como un mantel que se mueve sobre una mesa, aún teniendo sobre él platos, vasos, cubiertos. Por más complicado que suene, si se piensa bien la cosa tiene una cierta lógica y explicaría el movimiento de los polos magnéticos con el movimiento de la costra terrestre, considerando que ésta presenta una alta concentración de minerales.

Según Hapgood, la acumulación de hielo en los polos terminaría por generar un descompenso en la masa del planeta, hasta el punto en el que la energía potencial acumulada impulsaría un movimiento de la costra terrestre, en el cual, poco a poco, los glaciares polares irían descendiendo hacia el ecuador, derritiéndose, mientras en zonas anteriormente en latitudes temperadas iniciaría una época de frío que llevaría a la creación de nuevas superficies heladas. Si ésta última parte les suena conocida, no debería sorprenderles. Es lo que normalmente hemos conocido como glaciación.

En efecto, algo muy fácil de identificar es que este término ha sido usado siempre en referencia a épocas de bajas temperaturas en las zonas más desarrolladas del planeta, que casualmente se encuentran en la faja temperada del hemisferio norte. Lo que nadie se fija es qué diablos sucedía en el resto del mundo: y es una pena, porque las sorpresas, como también las confirmaciones a la teoría de Hapgood, abundan. Los desiertos eran zonas tropicales y las sabanas, bosques; la tundra tenía elefantes y la Amazonía camellos. Un mundo al revés... algo obvio, si la situación presenta efectivamente a un planeta que se va moviendo sobre su eje, llevando extensas porciones de territorio de una latitud a otra.

A mediados de los '90s, un discípulo de Hapgood, Rand Flem-Ath, trajo de nuevo a la atención pública los descubrimiento de su predecesor, pero encontrando un agente mucho más creíble para el movimiento de la costra terrestre que el peso de los glaciares: impactos de cuerpos celestes. Efectivamente, la energía trasladada al planeta por la colisión con un asteroide o un cometa de grandes proporciones sería tal, y a tal profundidad, que podría tranquilamente dar el pequeño empujón necesario para que el mundo comience a caminar. Personalmente creo que esto es mucho más probable; más aún cuando hace algunos días estuve buscando cráteres de impacto sobre la superficie terrestre con Google Earth y me topé con enormes (literalmente) sorpresas; sin contar que el 70% de la superficie terrestre está cubierto por agua, donde es muy complicado ubicar cráteres.

A estas alturas del post, se estarán preguntando qué tiene que ver todo esto con la Antártida. Pues bien, usemos un poco las neuronas. Acabamos de hablar de una teoría que postula que la Tierra, de vez en cuando, se pone de cabeza... climatológicamente hablando; ahora bien, lo que pocos recuerdan es que hay un continente, deshabitado y muchas veces olvidado, que representa lo opuesto de un buen lugar para vivir, donde capas de hielo de kilómetros de espesor esconden tierra firme y archipiélagos, montañas y cañones, lechos de ríos y valles. Un continente casi tan grande como América del Sur y casi el doble que Australia: y en ambos casos hablamos de territorios que tienen fauna y flora propias, han desarrollado culturas de manera original y autónoma, y presentan todo tipo de zonas climáticas y orográficas.

Asumiendo que Hapgood y Flem-Ath están en lo correcto, la lógica nos indica que, en los tiempos en que Europa y América del Norte vivían la última glaciación, en que el Sahara y Egipto eran zonas lluviosas (no se olviden de este detalle, más adelante será de utilidad), la Antártida era un continente situado en zonas temperadas, con aguas templadas rodeando sus costas, probablemente con una vegetación y una población animal propias y sumamente adaptadas.

Sólo queda una pregunta: el hombre llegó a ocupar la Antártida, en aquella edad dorada? Formó alguna cultura o civilización superior? Dejaron algún rastro arquitectónico o histórico de ello?

Las respuestas en el siguiente capítulo...


martes, 27 de marzo de 2007

Los mapas del tesoro

El trabajo hoy es particularmente agobiante. Pero como no quiero dejar a nadie sin un bit de información útil, entretenida y particularmente curiosa, les recomiendo vivamente el blog de Strange Maps. Es uno de los sitios más interesantes que he podido encontrar en la red, y en los últimos días acaba de superar las 500 mil visitas.

Lo excepcional de esta página es que se dedica exclusivamente a publicar mapas bizarros, y tomando este término en toda la amplitud de sus acepciones. Hay de todo: planes megalómanos de dominio del mundo por parte de las grandes potencias, ciudades repartidas esquina por esquina entre dos países, clamorosos errores geográficos presentes en la cartografía antigua, descripciones de utopías literarias, etc etc.

En realidad vale la pena darse un paseo por sus más de 90 posts, mejor aún si se sabe un poco de inglés, porque las didascalías y comentarios que se adjuntan a los mapas son sumamente informativos y brillantes. Por ejemplo, dudo que alguien sepa que los nazis lograron establecer bases en la Antártida, o que Alemania Oriental aún existe, o cómo es la geografía de El mago de Oz, o la de 1984, la famosa novela de George Orwell. Es para pasar noches enteras frente a la pantalla.

Los mapas siempre han sido una afición personal. Tengo al menos media docena de atlas históricos, algunas enciclopedias geográficas, una colección de mapas de los mundos de Tolkien; me apasiona enormemente ver como cambian las fronteras durante y después de las guerras, la profundidad de las conquistas, los extensos contraataques, grandes superficies de colores contrastados, flechas convergentes, límites punteados. Por otra parte, soy un fan de los juegos de estrategia, in primis el fantástico Risk, que justamente se juegan sobre tableros que representan los mapas de territorios; y como si no bastara, uno de mis libros favoritos es La vuelta al mundo en 80 días y entre mis primeros recuerdos nítidos de la infancia figura una gigantesca ofensiva anfibia de soldados de juguete sobre un mapa de Oceanía, tratando de conquistar la península de Cabo York desde el golfo de Carpentaria.

Sin duda, haber encontrado un sitio tan afín a mis gustos ha sido un auténtico lujo. Entre tantos mapas, a uno le entran ganas de perderse.


lunes, 26 de marzo de 2007

Usos de la guerra

Entre las tres o cuatro cosas que estoy leyendo de manera contemporánea en los últimos tiempos, la que más me apasiona es una estupenda Historia de la Segunda Guerra Mundial, en seis tomos. Es la cuarta o quinta vez que pasa por mis manos, pero en cada ocasión me ha sido posible extraer detalles e ideas nuevas; entre tantas páginas, imágenes, mapas, relatos, siempre se esconde algún aspecto o historia desconocida.

Esta enésima relectura se originó en la visión de Letters from Iwo Jima, emocionante película de Clint Eastwood, que describía la heroica resistencia de los pocos y mal abastecidos defensores de la isla frente a las masivas fuerzas americanas. La descripción vívida del General Tadamichi Kuribayashi y de sus mil y una genialidades tácticas, que le permitió tener ocupadas en un espacio reducido a enormes fuerzas enemigas, me impulsó a buscar a lo largo de ese conflicto si, aún a pesar de la derrota final, el comportamiento de las fuerzas del Eje había resultado mejor que la de los Aliados, más allá de los errores estratégicos de los líderes máximos de sus naciones.

En tal sentido, siempre sospeché que, de no haber tenido Hitler un control tan acentuado de las decisiones militares alemanas, las cosas hubieran seguido todo otro derrotero. En más de una ocasión sus generales, que en enorme mayoría provenían de los rangos aristocráticos del viejo ejército prusiano, se declararon abiertamente en contra de sus a veces estrafalarios planes de guerra. Algunos, como Guderian, genio de los Panzerkorps, llegaron a desobedecerlo abiertamente, consiguiendo éxitos sonantes; otros, entre ellos von Kluge y Rommel, estuvieron incluso involucrados en mayor o menor medida en un atentado contra el führer. La difícil convivencia entre esa casta militar teutónica de tradición plurisecular y el advenedizo ex cabo austríaco siempre fue complicada, pero las iniciales victorias obtenidas en base a las intuiciones de Hitler pusieron un parche y le dieron un cierto crédito con sus comandantes.

Sin embargo, su deseo de no aniquilar a los ingleses en Francia, dándoles tiempo para evacuar el cuerpo expedicionario con la epopeya de Dunkerque, impidió destruir moralmente a las tropas de Churchill; su confianza excesiva en la Lüftwaffe de su compinche Göring lo llevó a dar prioridad a los combates aéreos antes que a una invasión terrestre de las islas británicas; la locura de atacar a la URSS antes de haber liquidado los demás frentes y la orden absurda dada a von Paulus de no retirarse de Stalingrado causaron en fin de cuentas el desastre de la Wehrmacht en el frente oriental, impidiendo por lo tanto una defensa adecuada en Normandía.

Sus aliados no lo hicieron mejor: Mussolini logró, por sí solo, meter a Italia en una guerra para la que no estaba preparada, embarcarse en aventuras suicidas y destinadas al fracaso (Cirenaica, Somalia, Grecia), destruir al ejército y a la economía del país, hasta hacerse ejecutar por partisanos mal alimentados; Tojo, por su parte, se enquistó en la idea de conquistar China, manteniendo en ese territorio las fuerzas que le habrían permitido ocupar sin mayores problemas la India, Australia, Alaska, Siberia y quién sabe qué más. Si Italia se hubiera limitado a defender sus antiguas fronteras y brindar tropas para las operaciones de los alemanes, la guerra en el Mediterráneo se habría limitado a una cabalgata triunfal por el Medio Oriente, dejando al genio de Rommel libre para actuar en otros lugares; no hubiera sido necesario intervenir en los Balcanes, que, sin el apoyo de los ingleses desde Egipto, se habrían plegado al Eje sin mayores retrasos; y se hubiera contado, en el clímax del conflicto, con tropas frescas y mejores medios para operaciones de gran envergadura. Si Japón, por su parte, se hubiera limitado a controlar la situación en China y hubiera atacado a los rusos por la retaguardia, Stalin se hubiera rendido en el curso del primer año de guerra.

Los Aliados también cometieron errores estratégicos graves por culpa de sus líderes políticos. El desastre de la Armada Roja en la primera fase de la invasión nazi fue causado casi exclusivamente por la voluntad de Stalin de mantener una línea defensiva inamovible, que fue rebasada, rodeada y aniquilada por los panzers en pocas semanas. Churchil insistió hasta el cansancio en la necesidad de invadir Italia antes que los Balcanes, consiguiendo empantanar a numerosas divisiones en el lento trayecto a lo largo de la bota y entregando Europa Oriental al comunismo. Roosevelt sabía del avance militarista japonés y de la capacidad que tenían para atacar Pearl Harbor, sin embargo no movió un dedo para evitar que toda su flota del Pacífico se encontrara reunida en ese punto.

Sin embargo, cuando se evalúa el desempeño de los generales de ambos bandos, la desproporción de méritos es evidente. No por nada las proezas de los varios Guderian, Rommel, Kluge, Kesselring, Vietinghoff, Falkenhorst resultan mucho más importantes, en esa balanza, que las dudas de Montgomery, la debilidad de Clark, la nulidad francesa (el mismo De Gaulle sólo cosechó derrotas, mientras no estuvo respaldado por los angloamericanos). Quizás el inimitable Patton estuvo al nivel de los antes mencionados, y ahí paramos de contar.

Si esta comparación no resulta convincente, basta analizar en cuánto tiempo se desarrolló el avance del Eje, hasta su apogeo, y cuanto se demoraron los Aliados en recuperar el terreno. La campaña de Francia duró seis semanas y su reconquista tomó seis meses; Japón llegó a los límites de su esfera de coprosperidad en siete meses y perdieron esas conquistas en dos años y tres meses. El caso de Italia fue distinto, en cuanto sus intervenciones estaban marcadas por la incompetencia de sus líderes y la falta de capacidad bélica para afrontarlas. Además no hay que olvidar que, mientras que el Eje tenía una cierta homogeneidad interna (eran todos régimenes nacionalistas, imperialistas, autoritarios), los Aliados tuvieron que gestar un pacto contranatura entre democracias occidentales y el comunismo más extremista para poder contar con las fuerzas necesarias para la victoria.

Las victorias de alemanes y japoneses fueron inmediatas y totales, aún en inferioridad de condiciones; las derrotas casi siempre fueron vendidas a caro precio y ocupando un número mucho mayor de enemigos. Ejemplares son los casos la campaña de Italia, donde Kesselring realizó una retirada ejemplar y desgastante a través de sucesivas líneas de defensa desde Túnez hasta Pisa, o la resistencia japonesa en las islas del Pacífico, de Guadalcanal a Okinawa. Las mismas estrategias demuestran mucha más preparación e ingenio en el lado dej Eje: los Aliados nunca tuvieron un plan Manstein o se les ocurrió un ataque a Pearl Harbor. Casi siempre recurrían a ataques macizos sobre frentes extensos, con amplísima superioridad numérica (Francia, África del Norte, Europa Oriental), o a desembarcos anfibios masivos para conquistar pequeñas cabezas de puente, siempre con una lentitud exasperante (Argelia, Salerno, Anzio, Normandía).

La pregunta espontánea es: si en el lugar de Hitler, Tojo y Mussolini se hubieran encontrado líderes con menor ingerencia directa en los asuntos militares, el Eje habría ganado la guerra? Luego de lo expuesto, la respuesta obvia es sí. Y sin embargo, yo creo que no.

Para empezar, sin el componente de locura e irresponsabilidad que figura en los carácteres de ese trío jamás se hubiera dado el Eje, por lo que la pregunta parte de una premisa falsa. Pero aún admitiendo que las circunstancias históricas podrían haber llevado a la confluencia de intereses de las potencias, creo que la fuerza numérica intrínseca, y la capacidad industrial instalada de americanos, soviéticos y británicos (éstos últimos gracias a su red de dominions) representaba un punto de partida demasiado fuerte para ser eliminado.

La única forma en la que una victoria hubiera sido posible consiste en la eliminación radical de la superioridad industrial de los Aliados, lo cual habría sido posible sólo con una serie de operaciones de alcance enorme y sujetas a problemas logísticos gigantescos; y todo bajo la premisa que Italia se comportaría de forma racional, permaneciendo no beligerante hasta contar con un potencial de combate mínimamente aceptable. Ojo: todas las operaciones indicadas fueron, en su momento, tomadas en consideración por los países en guerra.
  1. Alemania lleva a cabo el Plan Manstein a rajatabla, sin cesar su avance hasta aniquilar a franceses y británicos en suelo continental, evitando Dunkerque. La rendición de Francia debe incluir la entrega de su Armada, de forma íntegra.
  2. Con la flota conjunta franco-alemana, se puede resguardar el paso del Canal de la Mancha frente a la Armada Británica. Con una estrategia similar a la empleada en Francia, las islas caen en menos de dos meses. Lo lógico es que el gobierno del Reino Unido se traslade a Canadá, y mantenga su posición beligerante desde los dominions. Queda por ver si algunos de éstos (Australia, India, Sudáfrica) no se declararían independientes, en ese caso.
  3. Las tropas de ocupación de Francia meridional pueden desembarcar en Algeria, ocupar el África noroccidental y avanzar, con el apoyo de los italianos en Libia, hacia la conquista de Egipto y Palestina, convirtiendo al Mediterráneo en un lago del Eje. A consecuencia de esto, Turquía se aliaría con los alemanes y los Balcanes, Grecia, Siria e Iraq, rodeados, se verían forzados a plegarse a gobiernos amigos.
  4. El ataque a Rusia se apoya desde el Cáucaso con tropas turco-alemanas, cerrando la retirada hacia el Volga de las tropas soviéticas. Los pozos petrolíferos y Stalingrado caen por mano de estas tropas, evitando que todo un grupo de ejércitos se desperdicie en esa zona; su presencia en los frentes del norte permiten ocupar Leningrado y Moscú, lo que lleva a una retirada de los rusos más allá de los Urales.
  5. Mientras tanto, Japón realiza su ataque al sud este asiático y al Pacífico; pero libera sus divisiones en Manchuria para ocupar la Siberia oriental y los importantes centros industriales de la misma. En menos de un año, Stalin se vería obligado a pactar, aplastado entre la estepa y los Urales.
  6. Las tropas alemanas de Rusia pueden a ese punto descender por Persia y atacar a la India, enlazándose con los japoneses que avanzan desde Birmania. Si ya no lo hizo, la India se declararía independiente y pactaría. Las tropas japonesas podrían entonces concentrarse sobre Australia, con idénticos resultados.
Aquí me detengo, porque la situación escapa a cualquier plan que alguna vez tuvieron los estados mayores de Alemania y Japón. Pero con los nazis ocupando toda Europa, África septentrional (tal vez en mano a los italianos) y el Medio Oriente, con una Rusia siberiana reducida a su mínima y vichyana expresión, con Japón dominando todo el arco Pacífico desde Kamchatcka hasta la Polinesia, con India y Australia independientes y bajo protectorado... qué seguiría? Los angloamericanos intentarían un contraataque en Oceanía, en África meridional, en Europa? El Eje desembarcaría en Alaska, en Terranova o en Sudamérica? Las armas nucleares aparecerían en las economías occidentales, fuertemente golpeadas, o serían usadas por el Eje para concluir la guerra? Se entraría a una guerra fría entre el continente americano y el resto del mundo?

Todo esto es pura distopia, terrible y cruda. Pero nos indica dos cosas muy importantes: por un lado, qué cerca se estuvo de un escenario similar, gracias a la incapacidad de los generales aliados (que al parecer es congénita: véase Vietnam, Afghanistán, Iraq) y a la neta superioridad del militar alemán o japonés; y por el otro, cuánto tenemos que agradecer a los tiranos, y en primer lugar a Hitler, por esas tonterías megalómanas que impidieron el mejor funcionamiento de sus tropas.

Es verdad. Por increíble que parezca, la democracia occidental, en sus vertientes liberal filoamericana y socialista post soviética, subsiste gracias a su peor enemigo. Dankeschön, herr Hitler!


viernes, 23 de marzo de 2007

Je ne sais pas

Hace unos años completé una larga y dolorosa transición que me separó definitivamente de la tradición católica, apostólica y romana en la que había sido criado, y me hizo llegar a un agnosticismo bastante marcado y convencido.

Cuando creía encontrarme finalmente cómodo con una definición religiosa que me permitiera responder a las preguntas de parientes y conocidos de una manera más o menos convincente, me dí cuenta que en realidad la evolución de mi pensamiento seguía impertérrita, cada vez más lejos de la fuente; a tal punto que ahora estoy nuevamente en una fase de dudas. Si las cosas siguen como están, en algún tiempo habré recalado en el extremo opuesto del que partí, y el mundo tendrá un ateo más.

Para empezar, creo que tengo que explicar la diferencia entre un agnóstisco y un ateo. El primero afirma que la existencia o no de un dios es irrelevante, puesto que no puede ser conocida ni se puede obtener ninguna certeza al respecto; por tales motivos, es imposible aceptar la validez de las distintas religiones y teologías. Un ateo, en cambio, afirma que no existen poderes supremos y metafísicos que rigen las suertes del mundo. Resumiendo, uno dice que no puede asegurar que haya una divinidad; el otro asegura que no la hay.

Mi interés crítico hacia la religión empezó muy temprano, absorbiendo los inputs de una familia sólidamente católica. Uno de los primeros libros de cierta envergadura que leí fue la Biblia, a los ocho años, incluyendo las notas a pié de página; para cuando hice la primera comunión, dos años después, y con un par de lecturas más, ya tenía una lista casi interminable de dudas existenciales sobre algunas evidentes incoherencias en los textos sagrados. Sin embargo, solucioné eso entrando a una fase que yo llamo de credulidad religiosa: es decir, aceptar la versión más o menos oficial que da la Iglesia, que es que si bien los libros del Cánon son inspirados por Dios, siguen siendo obra de hombres y como tales sujetos a errores o contradicciones causadas por la evolución de la cultura.

Durante mis años maravillosos de adolescente noté que estaba pasando a una etapa más bien de conformismo religioso. Iba a misa sin prestar mucho interés a lo que sucedía, comulgaba con desgano, me confesaba a intervalos cada vez mayores, rezaba sólo para pedir favores o milagros. Si no me equivoco, una gran mayoría de creyentes se encuentra en este estado.

A un cierto punto, bordeando los veinte años y poco más, luego de hacer un serio y exhaustivo análisis, llegué a la conclusión de que no podía seguir fingiendo creer en algo que había ya asimilado, en la práctica, a una mitología arcaica. Me di el trabajo de recopilar toda la información que podía sobre los pilares de la religión católica (para ese entonces, internet ya me había dado un acceso mucho mayor a las fuentes), y de evaluar uno por uno los sacramentos, los dogmas, las tradiciones. Creo que me tomó un año determinar que no me convencían y que por lo tanto era una total hipocresía seguir golpeándome el pecho como si nada. Así que di el gran paso y dejé el camino dorado hacia Oz.

En los años siguientes, no ha habido un solo instante en que haya tenido remordimientos por lo hecho, al contrario, he ido encontrando más puntos a favor de mi posición. Obviamente no los voy a detallar aquí para evitar desatar más polémicas, pero si estoy al borde del ateísmo, es porque tengo buenos motivos...

No es cuestión de rebeldía juvenil, como piensan algunos; es fruto de la lógica. No puedo regir mi vida basándome en la fe hacia principios creados por seres humanos hace miles de años, sin mayor sustento que una presunta conexión directa con una divinidad. Me resulta imposible.

Sólo puedo creer en lo que veo, en lo que siento y en lo que mi cerebro deduce. Lo demás son palabras, flotando en el vacío.


jueves, 22 de marzo de 2007

Lookin' back (over my shoulder)

Luego de los festejos, llegó la hora de los balances.

28 años. Jeeeez.

Recuerdo como si fuera ayer el día en que cumplí ocho. Mi mamá estaba a una llamada de distancia de ser internada para dar a luz a mi hermano. Cuatro días después dejaría para siempre de ser hijo único: aunque con un ligero retraso, no podían haberme dado un mejor regalo.

Recuerdo como si fuera ayer el día en que cumplí dieciocho. Día de semana, mis padres trabajando, mi hermano y yo turnándonos en la cámara de fotos para dejar constancia de nuestra presencia, al lado de la torta de chocolate. El examen de Matemáticas de la mañana había ido perfectamente; en esos tiempos mis preocupaciones se reducían a las centésimas de punto que tenía de ventaja sobre el segundo del salón.

Tanto tiempo que ha volado lejos, tantas sensaciones que terminan amalgamándose en un continuo y hambriento vórtice. Case, libri, auto, viaggi, fogli di giornale... y las clases de fútbol, de piano, de tenis, de inglés, paseos en bicicleta y caminatas interminables, tardes en el cine y madrugadas en discoteca, maletas en el aeropuerto y cajas en una sala vacía, despedidas y bienvenidas, les presento un nuevo compañero que ha venido de muy lejos, me llamo Claudio, mucho gusto, les tengo una mala noticia, Claudio se va muy lejos, los recordaré siempre, adiós.

Cuantas peleas inútiles, cuantos pasiones escondidas, cuantas ocasiones desaprovechadas, cuanta vida recorrida con exceso de velocidad y sin papeletas esperando en la puerta de casa. Pero también muchos instantes gloriosos, memorables, dignos de recordar en una tarde fría, cuando las nubes recortan el trayecto del sol y el viento sopla melancolía a pleno pulmón.

No he sido el mejor hijo. No he sido el mejor hermano o el mejor amigo. Tampoco el mejor enamorado, el mejor deportista, el mejor músico, el mejor escritor. Tal vez el mejor alumno de algunos profesores; pero no lo sé y ya no importa ahora. He pasado 28 años alcanzando los más altos estándares de imperfección en las cosas que más cuentan, y sacando las mejores notas en las trivialidades que alimentan el hielo dentro de uno.

El sol se esconde bajo el horizonte y las luces de la ciudad se van enciendendo frente a mis ojos. Cambian los colores, la jornada llega a su último paradero, pero la vida continúa, sin poder mirar detrás de sí. Mañana es otro día, mañana es otra historia. Y hoy será sólo un recuerdo más, un trazo de acuarela que se despintará con el tiempo, un papel que se teñirá de amarillo, un cabello blanco en la sien, una huella en la arena. Pero estoy feliz, y eso es lo único que me importa.


miércoles, 21 de marzo de 2007

El diablo está en los detalles

En los últimos días he visto dos películas que a primera vista no tienen nada en común, salvo la letra inicial: Marie Antoinette y Music and lyrics. Por un lado, una biografía de época, realizada por una de las grandes revelaciones del cine de los últimos años; por el otro, una comedia romántica by numbers, dirigida por el guionista de confianza de Sandra Bullock... no exactamente una garantía de calidad. Sin embargo las apariencias engañan, las previsiones a priori se revierten, y hasta dos trabajos tan disímiles terminan por confirmar una misma teoría.

Marie Antoinette no es el clásico film de época. Conociendo a Sofia Coppola, eso era lógico. La banda sonora, para empezar, mezcla ecléctica y confusamente música barroca, pop rock británico, piezas instrumentales modernas, arpas, y quién sabe qué mas. Adicionalmente, la reseña biográfica es por lo menos atípica, en cuanto evita voluntariamente casi todos los eventos más importantes en la vida de su protagonista, concentrándose más en su vida cotidiana, enclaustrada entre el mármol y el oro de Versailles. Estos dos puntos, que deberían representar el aporte principal de la creatividad de la directora, en realidad terminan por hundir la cinta en un pantano excéntrico y a la vez tedioso, sin picos emotivos, sin arcos emocionales, nada. Si a eso le agregamos algunas elecciones de casting bastante discutibles, empezando por Jason Schwartzmann como Luis XVI y terminando por el anónimo y anodino retrato de von Fersen, nos encontramos frente a una película netamente fallida.

El debate entorno a Music and lyrics es mucho más simple. No hay punto en el guión que no genere sensaciones de déjà vu o de refrito: hemos visto situaciones y caracteres similares en miles de date movies. Es todo tan previsible, que al llegar a dos tercios de película se espera con trepidación la infaltable discusión, pelea o enfrentamiento trivial cuya única función dramática es conducir a la reconciliación final y al más obvio happy ending. En este caso, incluso, Marc Lawrence ha decidido hacer la cosa más simple, más digerible, más directa, evitándose el lujo de colocar antagonistas sentimentales para los protagonistas. No estoy bromeando: así de boba es la estructura de la película.

Y a pesar de todo, ambos films tienen cosas puntuales muy positivas; tan buenas y destacables que terminan por elevar single-handedly el nivel de esas dos horas de celuloide. En el caso de Marie Antoinette, son justamente los aspectos más clásicos en una producción de época los que resultan impecables: el vestuario, la dirección de arte (ayudada por la posibilidad de filmar en las locaciones reales, un lujo absoluto), la cinematografía; uno se termina preguntando, con cierto remordimiento, que hubiera pasado si Coppola hubiera sido menos crítica respecto a la tradición musical e historiográfica del género a la hora de realizar esta película.

Además, aún con los errores y horrores de casting, la elección de Kirsten Dunst es impecable, al igual que su desempeño, sosteniendo sobre sus hombros el peso de todas y cada una de las escenas del film, sin contar que el aspecto físico resulta verosímil, especialmente en las escenas durante los primeros años en Francia. Quizás en las últimas escenas se ve muy joven para los treinta y tantos que debería tener; a ese respecto Joely Richardson en The affair of the necklace constituye un retrato mucho más realístico, como se evidencia en la imagen al costado.

Algo muy similar y a la vez muy diferente sucede con Music and lyrics. Aquí también la elección del protagonista no podía ser mejor: Hugh Grant debe ser, de lejos, el mejor actor del género, desde los tiempos de Four weddings and a funeral. Tiene un charm natural y autolesionista que impulsa a conmiserar a cualquiera de los inseguros que interpreta, además de un timing cómico típicamente británico que ha desarrollado en estos años. Ahora, llegado a los cuarenta y seis años, el rol de una ex estrella pop de los '80s le calza como un guante; y si no lo creen, revisen el video "de época" en el que canta el tema más pegajoso que se haya oído en una película últimamente.

Justamente éste es el otro aspecto que eleva a Music and lyrics por encima del (bajo) promedio de genéricas comedias románticas: la idea de recrear el pop ochentero y contemporáneo con canciones originales, visiblemente paródicas de esos estilos, resulta extremadamante efectivo por la calidad intrínseca de las composiciones. Las modernas son mucho mejores que cualquier cosa que hayan producido Britney Spears y sus clones en los últimos tiempos; las antiguas son un mix de Wham!, Duran Duran, ABC, Spandau Ballet... simplemente increíbles. Agreguemos que Grant y Haley Bennett (que interpreta a una popstar inequivocablemente britneyana) demuestran tener insospechadas capacidades vocales, y la tortilla está hecha: son tres días que escucho el CD con la banda sonora de manera casi ininterrumpida.

Qué nos enseña esto? En realidad puede interpretarse de dos formas opuestas. Por un lado, podría llevarnos a pensar que dando importancia sólo a la perfección en la elección del protagonista de una película y a algún aspecto técnico puntual (la música o el diseño de producción, en los casos citados) se puede conseguir una película medianamente apreciable por el público; algo que suele repetirse demasiadas veces en Hollywood. Pero yo apuntaría más bien en otra dirección: nos demuestra como se desperdicia un gran talento en producciones que no lo merecen y en guiones sin mayores emociones.

La vida de María Antonieta es tan interesante y mucho más dramática en sus últimos cuatro años de vida, que en los veinte anteriores; incluir esto y dejarse de ímpetus post modernos en la banda sonora habría redundado en un film memorable: Versailles, el vestuario de Milena Canonero y Kirsten Dunst ya estaban en el lugar correcto. Por otra parte, si Music and lyrics se hubiera concentrado más en la historia y los conflitos internos del ex-popstar, sin el absurdo supblot de su media naranja (o, en todo caso, haciendo que éste resulte mínimamente verosímil o funcional a la trama), útil sólo para seguir las convenciones del género, nos encontraríamos frente a una de las mejores comedias románticas de los últimos años: la música es perfecta, los protagonistas inspiran toda clase de buenos sentimientos, la idea de base funciona.

Lo que queda son dos cintas que podían ser mucho más de lo que terminaron siendo; una pena, porque las bases para la excelencia estaban ahí, a la vista. Pero el diablo está en los detalles, y muchas veces pecamos de santos.


martes, 20 de marzo de 2007

28 years later

Este no es el sequel del post de hace algunos días, cuando este blog cumplió su primer mes de vida. Esta vez el que cumple algo es el autor. Por tal motivo y debido a las muestras de amistad continuas de quienes lo rodean, y que le impiden escribir con un mínimo de tranquilidad, el día de hoy es declarado feriado no laborable (para fines del blog). Diviértanse con el trailer de Pirates of the Caribbean (gracias Buena Vista!) que se ve increíble, y hasta mañana... si la resaca lo permite.


Y gracias a todos los que me han deseado feliz cumpleaños... aunque a estas alturas los años, más que ser bienvenidos, comienzan a pesar...


lunes, 19 de marzo de 2007

POTC III - trailer

2012

Los mayas constituyen una de las civilizaciones más misteriosas que hayan poblado la faz de la tierra. Algunos de los conocimientos que alcanzaron y que han quedado registrados resultan increíblemente avanzados para los tiempos en los cuales su cultura floreció, antes de extinguirse de manera casi inexplicable entre los siglos XI y XII de nuestra era.

Al respecto, tengo que disentir, y no soy el único, con algunos investigadores que afirman que los mayas siguen vivos, siendo sus descendientes los actuales pobladores indígenas de vastas porciones del Yucatán. En primer lugar, una cosa es hablar de etnia y otra de cultura; en segundo, la zona ha sido desde siempre ocupada por centenares de tribus distintas pero con ciertas similitudes en ámbito lingüístico y étnico. Lo más probable es que los que actualmente se denominan mayas sean en realidad descendientes de los clanes tributarios de aquella civilización, lo cual explicaría muchas incoherencias, como el gap cultural identificado por los primeros historiadores que investigaron dicha cultura: cuando los españoles llegaron a principios del siglo XVI, los pobladores del lugar no podían comprender ellos mismos los textos o las técnicas empleadas por sus predecesores; además, las tradiciones orales de esas gentes ya hablaban de una misteriosa y rápida regresión.

Las pirámides y templos diseminados por los territorios antiguamente ocupados por los mayas, ricamente decorados en un gusto que podríamos definir casi barroco, representan una manifestación cultural típica de una civilización con siglos y siglos de evolución. Pero más allá de la arquitectura o la escultura, los hallazgos más impresionantes de esta civilización corresponden sin duda a sus capacidades matemáticas y astronómicas. Para muestra un botón: fueron el único pueblo americano a identificar el cero, y el primero en el mundo en emplearlo de manera sistemática, más de ocho siglos antes que los hindúes (que lo descubrieron en el siglo IV pero lo aplicaron sólo a partir del siglo IX). Lo que más desconcierta, sin embargo, es su calendario, algo demasiado perfecto y preciso incluso para nuestros estándares. Si bien nuestro sistema juliano-gregoriano de años de 365 días, con correcciones bisestiles, representa una aproximación casi exacta a la duración del periplo de la Tierra alrededor del Sol, recién encontró su forma actual en el año 1582.

Para tener una idea, el año dura exactamente 365,242189 días, es decir, 365 días, 5 horas, 48 minutos, 45 segundos, 6 centésimas. El calendario juliano lo aproximaba a 365,25 días, generando una diferencia de 11'14"94 por año, o en otros términos, un día cada 128 años; su variante gregoriana cuadró los 10 días de desfase por decreto, y de paso reajustó la duración del año a 365,2425 días, reduciendo el margen de error a 26"87, o un día cada 3 323 años. Considerando que recién han pasado 425 años desde este replanteamiento, todavía no hay mucho de qué preocuparse...

Los mayas, en cambio, jamás tuvieron que preocuparse, ni lo hubieran tenido que hacer si hubieran sobrevivido hasta nuestros días. Su año estaba establecido en 365,242 días. El margen de error, por increíble que parezca, es de sólo 16"33 por año; es decir, un día cada 5 290 años. Y por cierto, todo esto lo tenían claro desde el II-III siglo de nuestra era... lo que implica que consiguieron un calendario mucho mejor que el nuestro casi 1 200 años antes. Lo desconcertante es como funcionaba esta forma de cálculo del tiempo, a través de tres distintos cómputos y mediante un complejo sistema de engranajes, como se ve en la figura. No me voy a poner a explicar todo el asunto, porque ameritaría un post exclusivo; para ese detalle pueden dirigirse a esta página e intentar comprender el arcano.

Hay algo que desde siempre concita la atención del público de cierto tipo de investigación al límite de lo apocalíptico y lo esotérico (entre los cuales me incluyo fervorosamente) hacia este calendario tan perfecto e incomprensible. En primer lugar, es perfectamente repetitivo. Cada 1 872 000 días (poco más de 5 125 años) la datación se repite; es como decir que dentro de cinco mil y pasa años tendremos nuevamente un 19 de marzo del 2006. Esto se lleva de la mano con la creencia maya,compartida con otras civilizaciones a lo largo y ancho del planeta, de que el mundo es cíclico y se autodestruye y regenera varias veces a lo largo de su historia: según los mayas, a cada reboot del calendario corresponde el fin de un ciclo.

Hasta ahí estamos bien... aún sabiendo que las leyendas hablan de catástrofes masivas a cada fin de ciclo, que llevan a lo que REM llamó en 1985 the end of the world as we know it. La cosa no me preocuparía más de la cuenta, considerando que el cambio de ciclo anterior fue en el año 3114 a.C., y no hubo accidentes a escala global. Claro, es posible que en Mesoamérica se haya dado algún desastre del cual no tengamos conocimiento histórico, pero de ninguna manera se puede hablar de destrucción del planeta o de la especie humana. Es más acorde a la idea de "fin del mundo" entendido como final de un espacio histórico-cultural más que una hecatombe física o geológica.

Por otra parte, es útil notar que los mayas agrupaban sus ciclos en bloques de cinco en cinco, lo que se llamaba un gran ciclo, de casi 25 625 años. La duración del cual no deja de ser llamativa: corresponde casi exactamente, con un margen de error del 0.6%, al tiempo requerido para que se complete la precesión de los equinoccios, es decir, que el sol surja sobre el fondo de un mismo punto del cielo, identificable por la posición de las constelaciones. Y no es todo: dado que el calendario se desfasa un día cada 5290 años, el retraso que se dá cada 25 625 años es de... 25/6 de día, o mejor dicho, 4 días y 20 horas. Números demasiado redondos...

Pero hay un par de detalles estremecedores que parece indicar que el fin del ciclo en el que vivimos es ligeramente más dramático que los anteriores. Para empezar, corresponde también a la conclusión de un gran ciclo. Si con esto no les basta para que se les pongan los pelos de punta, lo que sigue es peor.

Y es que, con un calendario tan exacto, los mayas reportan fechas, en sus textos y grabados, de millones y millones de años atrás, con un detalle equivalente a decir qué sucedió a las 8 y media de la mañana del jueves 12 de setiembre del 2 576 484 a.C. En ellas describen eclipses, alineaciones astrales y otras amenidades. Ahora bien, no hay ni una sola fecha posterior al final del ciclo en el que estamos viviendo. Por ningún lado. No parece ser una coincidencia, porque las esculturas y edificios mayas están repletos de fechas de lo más extravagantes, y se han catalogado millones y millones de inscripciones al respecto, pero ni una sola posterior a la fecha que tanto nos preocupa.

21 diciembre 2012. Solsticio de diciembre. Falta muy poco.

La lista de eventos astronómicos que rodean a esta fecha es extrañamente extensa. Hay para todos los gustos, desde tránsitos de Venus hasta asteroides pasando a 17 mil km de la Tierra, sin contar extrañas conjunciones planetarias, fases altas de manchas solares, cambio de polarización de las radiaciones del astro rey, eclipses del mismo (el 13 de noviembre), alineación de la estrella Sirio con la Tierra... De aquí a predecir todo tipo de desastres, epidemias, guerras, evoluciones espirituales, encuentros con extraterrestres, etc etc, el paso es corto.

Yo no creo en las correlaciones astrológicas o en las influencias de los astros sobre el destino de las personas. Pero los mayas no son cualquier mago de esquina, y me intriga saber por qué no tienen fechas después del 21/12/2012.

Será el fin del mundo, causado por el impacto de un cometa, cuya trayectoria habían calculado perfectamente? O un cataclismo global generado por una modificación rápida del eje de la Tierra y la subsiguiente desaparición de los glaciares? O una ola de radiaciones solares capaces de bloquear la tecnología y hacernos regredir dos, tres, cuatro siglos de desarrollo?

El tiempo lo dirá. Eso es, si nos queda tiempo...


viernes, 16 de marzo de 2007

Vení, vení, vení...

El post de hoy no es cultural, todo lo contrario. Mi único objetivo es dejar algo memorable para que los lectores tengan con qué divertirse el fin de semana; casi una misión humanitaria, diría yo.

Si quieren caerse al suelo de la risa, háganse un favor:

1. Siéntense en un lugar seguro, justamente para no caerse de la silla.
2. Entren a www.youtube.com
3. En el buscador, coloquen las siguientes palabras: yayo cuarteto obrero
3b. Si les da mucha pereza seguir los dos pasos anteriores, éste es el link directo.
4. Ahora vean y sobre todo escuchen atentamente TODOS los videos que se les presentan (hay algunos repetidos, pero en fin).

Si luego de hacerlo no tienen por lo menos un cólico insoportable provocado por la seguidilla de carcajadas, entonces pueden presentarse al casting para convertirse en Guardia de Buckingham Palace y tener posibilidades de ser elegidos. Ésto por a) ser más fríos que un témpano, b) no entender ni una palabra de castellano y c) no tener el menor sentido del humor.

Claro, alguien podría también ofenderse por la procacidad de ciertos versos... pero sería de tontos. La onda guarra, desacrante y coprolálica que permea las canciones del Cuarteto Obrero invita al desencaje de la mándibula, más que a reclamos inquisitorios.

Por cierto, antes de que se lancen al vacío, es bueno avisarles: nunca más verán con los mismos ojos al bizcocho, a la foca, al portero canoso...


jueves, 15 de marzo de 2007

Diagnóstico: adicción a la Medicina

Aún recuerdo como si fuera ayer ese viernes, en la primavera del '95. Siguiendo las huellas de un battage publicitario impresionante, se estrenaba en Italia el primer capítulo de E.R., presentada como la serie más exitosa a ambos lados del Atlántico. Tengo que reconocer que al principio no de di mucha importancia: en fin de cuentas, parecía haber suficientes doctores en la televisión con las emisiones de General Hospital. Para qué más romances de médicos, cirujanos, enfermeras, pacientes? Uno de mis amigos se convirtió en un fanático total de la serie. Yo, en esos tiempos, tenía cosas más interesantes que hacer los viernes en la noche.

Nunca estuve más equivocado. Algunos años después, cuando ya estaba en la universidad y, gracias a una buena elección de horarios, me encontraba con las tardes libres, pude ponerme al día con las series de televisión. Excluyendo Friends, que se había convertido casi en una religión para mí, estaba fuera de sintonía con lo que sucedía en la pantalla chica; casualmente, justo en esos tiempos y a esas horas del día estaban repitiendo las temporadas antiguas de E.R. Cuando terminó el semestre, me había convertido oficialmente en un fan de las peripecias de esa sala de emergencias de Chicago.

El éxito de E.R. fue iniciar el crossover de géneros en las series made in USA. Usualmente las series médicas eran soap operas interminables o, en el mejor de los casos (Dr. Kildare) eran la historia de un doctor, con la medicina como aderezo. Pero E.R. puso la acción y la dinámica de personajes en primer lugar, tomando la vitalidad cinemática de un policial, el ensemble de un drama, y obviamente más detalles médicos que una enciclopedia de matasanos. Era una quimera impactante, bien construida, con carácteres bien redondeados, historias apasionantes y líneas transversales que unían como una cadena decenas de capítulos. Si va por la temporada n. 13, aún habiendo reemplazado todos y cada uno de los miembros del cast original, esos son los lógicos porqués.

Por casi una década, E.R. ha reinado incontrastada como la reina de las series en bata blanca. Pero luego de numerosos intentos de clonarla tal y cual, han ido surgiendo nuevas ideas que han llevado el género médico un paso más allá. Son tres series, cada una genial a su manera, cada una fruto de la hibridación de las historias clínicas con alguna otra línea argumental: Scrubs, House M.D. y Grey's anatomy, en orden de aparición en las pantallas. Respectivamente, una splapstick comedy, un drama procedural, una dramedy romántica. Es decir, agregando E.R., se cubre casi todo el espectro posible para seriales TV, excluyendo las sit com (aunque no dudo que alguien lo intentará, antes o después). Las cuatro series han terminado por cautivarme, cada una con sus innegables atractivos. Pero una de ellas, en la práctica, me quita el sueño.

Últimamente he estado recuperando en DVD la primera temporada de House M.D. (va ya por la terecera) y tengo que confesar que soy un admirador acérrimo de la serie. Si bien es asimilable al género de los varios C.S.I (sólo que a diferencia de éstos, la investigación se hace antes de tener al cuerpo sin vida...), lo hace con un humor negro de fondo absolutamente irresistible, que permite pasar por alto, la mayor parte de veces, el hecho de que la víctima de turno esté al borde de irse al otro lado del río. Gran mérito de esto va al personaje central, Gregory House, un misántropo mezcla de Sherlock Holmes y Scrooge, capaz de las peores atrocidades caracteriales que se puedan identificar en el género humano, pero auténtico genio de la diagnosis médica. Hugh Laurie presenta una versión amplificada y sarcástica de un elemento ya ensayado en Sense & sensibility, donde encarnaba al amargado pero en el fondo sensible Mr. Palmer, uno de los clásicos detestables con corazón de oro paridos por la pluma de Jane Austen.

Creo que nos encontramos frente al personaje individual mejor trazado de los últimos años. La argucia de ciertos intercambios verbales de House con su único amigo, el doctor Wilson, con su jefa, Cuddy, o con sus tres asistentes, Foreman, Chase y Cameron, es simplemente impagable. Por otro lado, no todos los días se ve un doctor gritarle a un niño para que deje de llorar y lo deje examinar, o mentir a los pacientes, a los colegas y en los reportes (y decirlo abiertamente!) para intentar sacar adelante un tratamiento heterodoxo. Y como si no bastara, encima tiene dependencia a los painkillers!

Pero detrás de esa armadura abollada, dura y punzante, se delinean grietas microscópicas que apuntan a una realidad mucho más compleja. La cojera física refleja el handicap de House para relacionarse con las personas (nadie me agrada, repite una y otra vez, hasta el cansancio); la violencia de su ironía a veces autolesionista esconde resentimientos antiguos, nunca completamente curados. Y lo mejor de todo es que se equivoca: cada episodio es una carrera contra el tiempo para intentar una y otra, y otra, y otra respuesta más a unos síntomas más inaferables y mutantes que Proteo. Antes de dar con la resolución del acertijo, la vida del paciente queda en suspenso por dos, tres, cuatro decisiones erradas. Algo inaudito y bienvenido, especialmente en estas épocas.

Últimamente veo síntomas extraños en todos los que me rodean. Hace un tiempo, he pasado un mes cojeando y con un bastón. La gente se lamenta de mi mal carácter y de mi sarcasmo. Sólo me queda esperar un sospechoso punto de contacto más con House antes de declararme oficialmente un adicto.


martes, 13 de marzo de 2007

Madness... this is Sparta!

Como es de dominio público, el pasado fin de semana se estrenó con enorme éxito en los Estados Unidos la película 300, basada en la novela gráfica de Frank Miller, que cuenta de manera sumamente estilizada la batalla de las Termópilas. Las críticas han resultado divididas netamente entre quienes adoran la cinta y quienes la aborrecen. Los primeros encuentran fascinante el aspecto visual y la energía transmitida por Zack Snyder, los segundos lamentan los excesos de esos mismos puntos y un cierto descuido hacia la lógica y la coherencia en el guión. Pero no faltan quienes objetan, y no es ninguna novedad en películas de este tipo, la falta de precisión histórica en los eventos retratados; lo cual abre el paso a la clásica polémica: el cine debe ser reflejo de la realidad?

En un post anterior dije que el cine no debe huir de los aspectos más crudos de la vida cotidiana. Por eso, films como Saving private Ryan o The thin red line representan un buen ejemplo de películas de género (en este caso, bélico) que, contando historias individuales ficticias, representan un entorno histórico real de la manera más verosímil posible. Si no ando errado y recuerdo bien mis clases de Literatura, esa es la idea de fondo de las novelas históricas, al menos en la línea de Walter Scott o Alessandro Manzoni. La película que mejor representa esta figura es, sin lugar a dudas, Kingdom of Heaven: la reconstrucción del tiempo, el espacio, los momentos es tan meticulosa, que hasta podría pasar por un documental. El único personaje novelado es el protagonista, en cuanto, si bien existió realmente y realizó las gestas narradas en la película, no ha dejado un rastro biográfico suficiente; las lagunas han sido rellenadas por la intervención de la fantasía del guionista. Pero lo que queda al final es la sensación de haber entendido mucho mejor un evento poco conocido.

Sin embargo, con 300 entramos a un territorio ligeramente distinto. Sí, habla de un suceso real. Sí, presenta personajes históricos como Leonidas y Xerxes. Sí, hay fuentes abundantes sobre como se desarrolló la batalla, sobre cómo vestían los combatientes, sobre como era la vida en aquella época. En resumen, si alguien quisiera trasladar a la pantalla grande el enfrentamiento entre espartanos y persas, tendría las herramientas para hacerlo de manera detallada y a la perfección. Pero este no es el caso.

300 no se basa en la Historia, con H mayúscula, porque lo que hace es adaptar una novela gráfica, es decir, un comic. Yo tengo ese volumen, y por lo tanto puedo asegurar que el 90% de las divergencias entre lo que sucedió y como sucedió, respecto a lo plasmado en el largometraje, corresponden a la interpretación de los hechos que Frank Miller representa en el papel impreso.

Entonces la pregunta se modifica. Cuando se adapta un trabajo de ficción, pero basado en acontecimientos reales, se debe respetar más la obra sobre la que se está trabajando o la veridicidad histórica? Snyder cumple al 100% con la primera opción, mucho más que en la anterior adaptación de un trabajo de Miller, Sin City, de Robert Rodríguez. Es una elección respetable y que justifica manejar un cierto estilo cinematográfico basado en la artificialidad de la puesta en escena, al límite de lo irreal, dando una atmósfera adecuada a la leyenda generada por el suceso. Nos encontramos, en fin de cuentas y según los supuestos planteados en el comic y en la película, frente a una narración posterior a los hechos, realizada con todos los florilegios correspondientes para arengar a las tropas que debían vengar la heroica derrota de Leonidas y sus hombres. En este marco y contexto, resulta imposible reprochar una falta de verosimilitud.

En conclusión, me ciño a la máxima de Ebert: una película no es buena o mala en función de lo que cuenta, sino de qué tan bien lo cuenta. Este último punto, en películas biográficas, históricas, realísticas, incluye mantener una cierta disciplina en la representación de los hechos y en su apego a los mismos; algo que no se puede pedir, por ejemplo, a un trabajo de sci fi. Y, desde mi punto de vista, 300 no es una película histórica per se; es más un recuento mitológico, casi fantasy. Como tal, se encuentra libre de esas ataduras... o alguien pregunta por la ciencia de los poderes de Harry Potter o Gandalf?

I don't think so...


lunes, 12 de marzo de 2007

Futuro feroz, final feliz

Y se fue todo al diablo. A pesar de lo que pensaba cuando escribía un post anterior, mi próxima novela será una idea original que acabo de tener durante este fin de semana. No será el remake (para esto, hasta ahora nadie ha adivinado sobre qué original está basado... sigan intentando) ni el thriller, sino algo más en la línea de mi primera obra. Aunque a pedido de mi novia, que ha tenido cierta parte de culpa en esta decisión, trataré de que, a diferencia de la anterior, la mayor parte de las storylines tengan una conclusión feliz para sus protagonistas.

Aunque claro, eso no significa que abdicaré de las ideas que he presentado hablando de Babel, en cuanto creo que la realidad trae cosas buenas y malas, y el narrador tiene la obligación de plasmarlas tal como son. Tomar una fotografía, se podría decir, con todos sus matices y claroscuros.

Todavía es pronto para anticipar algo, pero tengo que tener una estructura para antes de mi cumpleaños, por motivos más simbólicos que otra cosa. Como siempre, la novela tendrá varias historias más o menos conectadas, personajes más o menos simpáticos, cronologías más o menos lineales. Pero de hecho, este será mi siguiente proyecto, y ya lo puse en fast track.

No queda más que empezar a trabajar.



viernes, 9 de marzo de 2007

La corbata y el ahorcado

Desde que tengo uso de memoria he detestado las corbatas. Sin embargo, algún perverso maleficio me obliga de manera repetitiva a maltratar mi cuello con este lazo inútil.

La primera que recuerdo es una corbata roja que tuve que usar al disfrazarme de torero en el primer año de kindergarten. Con un traje de luces sangre y oro y medias rosadas, parecía el sueño prohibido de algún diabolico pedófilo. Luego vino el coro, en el colegio. Como se puede esperar que alguien cante como los ángeles, cuando se encuentra en pleno proceso de ahorcamiento? Y la primera comunión, la confirmación... memorias lejanas antes de la iluminación que me llevó a salir del camino justo y verdadero.

En mi período dorado adolescencial, me encontré con la absurda obligación de ponerme corbata para entrar a discotecas un ligeramente exclusivas. La hipocresía de ese sistema era inmensa, porque media hora después el 90% de los que habíamos ingresados con facha de stockbrokers se habían convertido en una horda de apaches, con la corbata en la frente.

Durante la época de la universidad sólo tuve que ponérmela para las bodas de amigos, parientes y conocidos, y para las fotos del título. Pura fachada. Cuando se iba acercando el momento de entrar al mundo laboral, sospechaba que estaba condenado, porque no recordaba a ningún administrativo que no tuviera su cadena de colores al cuello. Por suerte, en estos años he trabajado en una oficina lo suficientemente relajada como para no tener que sufrir un ahogamiento continuo, de lunes a viernes, horas extras incluidas.

Salvo, como es el caso de hoy, reuniones de extrema importancia. Voy camino a la Presidencia del Consejo de Ministros para definir la asignación de unos dineros al proyecto en el que trabajo, y desde ayer mi directora me hizo entender, de forma bastante asolapada, que tenía que presentarme con un look determinado. Donde manda capitana no manda marinero, menos aún grumete, así que a aguantarse y adelante con el suicidio.

Lo que más detesto, a parte la casi total incapacidad de respirar, es soportar los pseudo piropos de las señoras. Eso de qué guapos estamos hoy me fastidia enormemente, especialmente porque implica que normalmente soy alguna especie de monstruo desfigurado, y ponerme un terno y una corbata me transforma en el príncipe azul.

No fucking way. La belleza humana, es notorio, se ve mejor mientras menos cubierta esté por atuendos sin sentido. Y no hay nada más nonsense que una corbata, de eso estoy seguro.


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Y los incautos a la fecha son...